En este artículo queremos ayudaros a aprender a distinguir lo que podemos controlar de lo que no, como un paso fundamental para reducir ansiedad, aumentar bienestar y cultivar una actitud más realista y compasiva hacia nosotros mismos.
¿Qué podemos controlar?
El mundo de hoy en día parece dar un mensaje que todo se puede controlar (el cuerpo, las emociones, el futuro,…). Este mensaje que vamos absorbiendo poco a poco en cada una de nuestras creencias nos da una carga emocional que puede llegar a sobrepasarnos y crearnos mucho estrés.
Es fundamental hacer hincapié que controlar no es sinónimo de tener perfección. En este sentido, por control nos referimos a aquellas áreas en las que podemos tener cierta influencia a partir de nuestros propios recursos y/o de aquellas herramientas que se adquieren a partir de una terapia. Con esta idea clara, ¿qué es aquello que podemos realmente controlar?
- Nuestros pensamientos voluntarios (no todos). Podemos aprender a observar y cuestionar nuestros pensamientos más repetitivos o generales, especialmente los catastrofistas, mediante herramientas como la reestructuración cognitiva o el mindfulness.
- Nuestras acciones. Elegir cómo y cuándo actuar —aunque no siempre sea acorde con lo que sentimos— es una de nuestras mayores fortalezas. Pequeños gestos diarios (hacer ejercicio, pedir ayuda, marcar límites) pueden transformar nuestra vida emocional generando una mayor sensación de calma. Asimismo, en este punto también es clave la capacidad que tenemos de poder elegir si actuamos o no. El hecho de no dar una respuesta en sí, ya se considera como una acción.
- Nuestros hábitos psicológicos o de bienestar. Prácticas como la gratitud, la respiración consciente o la planificación realista son entrenables y fortalecen la resiliencia. De igual manera, todos aquellos hábitos saludables ligados al sueño, alimentación o autocuidado, ejercen una influencia en nuestro estado emocional en general.
- Nuestras decisiones sobre con quién y cómo relacionarnos. Las decisiones, de por sí, son aspectos que dependen de nosotros mismos. Por ello mismo, no hemos de olvidar que, dentro de las áreas que controlamos, podemos decidir alejarnos de dinámicas dañinas, cultivar amistades sanas y pedir apoyo cuando lo necesitamos.
¿Qué no podemos controlar?
Identificar estas situaciones, puede ayudarnos a mejorar nuestro bienestar puesto que dejar de luchar contra situaciones que se escapan a nuestro poder, podrá permitirnos invertir la energía en lo que sí podemos manejar.
- Las emociones iniciales. Sentir miedo, tristeza o ira no es una elección: es biología y aprendizaje. Lo que podemos gestionar es nuestra respuesta o nuestra gestión de ellas.
- El comportamiento de otras personas. Intentar cambiar a los demás suele generar frustración. Con nuestras acciones podemos influir en los demás, pero no controlar y, sobre todo, no podemos cambiarlos.
- El pasado. Revisarlo sirve para aprender, pero no para cambiarlo. El trabajo psicológico consiste en resignificar las experiencias vividas, no obstante, no se pueden reescribir.
- Factores externos y aleatorios. Crisis económicas, enfermedades, accidentes o decisiones ajenas… Todos ellos, se tratan de aspectos que suceden al margen de nuestro control y procurar controlarlos o influir en ellos, puede crear mucho desgaste y frustración.
- Los pensamientos intrusivos. Por esa razón la mayoría de pensamientos que tenemos son involuntarios y muy rápidos, no los elegimos de forma voluntaria ni conscientemente. A lo largo del día tenemos millones de pensamientos y la mayoría son inconscientes. Querer controlarlos puede hacer que aparezcan más.
En resumen, para vivir con una mayor serenidad, es necesario aprender a dirigir nuestra energía hacia lo que sí depende de nosotros, teniendo en cuenta aquello que entra dentro de nuestra esfera de influencia en este momento actual. Desde la terapia, te podemos ayudar a trabajar estas diferencias para poder vivir con más calma y bienestar.